Chiquisendas

Era una preciosa mañana de principios de primavera. Yaiza, un día más, se acercaba a despertar a los niños. Y ellos, como era habitual, se hacían los remolones.
Darío estaba en la cama de Carla, con los pies en la cara de ésta, quien, entre sueños, se los apartaba.
Yaiza, con el chancleteo constante de ir y venir, los fue espabilando.
Al rato chistaban y se tapaban la cabeza en señal de llamada de atención para iniciar el juego. Como siempre, mamá se ponía encima de ellos como si fueran un cojín, y entre risas y agobio, ellos salían del edredón.
-Mamá, qué calor, que nos aplastas con ese culazo gordo -rieron los pequeños.
-Ja, ja, ja, qué cosas tienen estos niños -pensó Yaiza, que cada vez disfrutaba más de los momentos que pasaba con ellos.
Yaiza se puso rápido a preparar las mochilas mientras Guillermo, su marido, gritaba desde el pasillo:
-¡Vamos, chicos, haced caso a vuestra madre!
-Darío, Carla, nos vamos de excursión -les decía Yaiza desde la cocina-. Que llegamos tarde como todos los días.
Al rato, apareció Carla en la cocina.
-Mamá, ¿quién viene hoy a la excursión? –preguntó mientras se hacía nudos en el pelo, como siempre que estaba nerviosa.
-Pues muchos niños, pero Marina y Lucia seguro.
Yaiza se dio cuenta de que Darío seguía sin levantarse.
-Darioooooooooooooo, levántateeeeeeeeeeee por favorrrrrrr. Al final te vas a quedar sin tirar piedras al lago con lo que te gusta.
Al cabo de un rato, Yaiza no pudo evitar expresar su alivio:
-Buff, por fin en el coche –dijo.
La idea era disfrutar de un día en plena naturaleza para festejar el comienzo de la primavera haciendo una ruta en Busquet de la Sierra, viendo los Robles Centenarios y El Abuelo, que era una preciosa encina con 500 años. Para adornar más si cabe la espectacular vista, al final había un lago y una barca, con una gran caseta llena de patos y cisnes.
Guillermo, una vez más, iba sin preparar el camino, Yaiza, resignada, le daba de nuevo la dirección de encuentro.
-¡Cariño, si te mandé ayer la dirección por email! -suspiró Yaiza-. Hemos quedado con el grupo en la plaza del pueblo, justo al lado del Ayuntamiento.
Una vez allí y realizados los saludos, besos, abrazos y todo tipo de recibimientos, se pusieron en marcha.
El ambiente era muy cálido, con el cielo cubierto por nubes claras de formas espectaculares que se prestaban a la imaginación de los niños. En plena naturaleza, sin ruido de coches ni pizca de contaminación, solo se oían los pájaros y el sonido de las ramas de los árboles cuando chocaban a causa del viento. Era un sitio muy agradable para ir, sobre todo para los amantes de la naturaleza y de todas las especies de animales: insectos, vacas, ovejas, cerdos, gallinas, caballos…
Eran un grupo numeroso y bien compenetrado, tanto los mayores como los niños. Iban equipados con todo lo necesario en sus mochilas: cantimplora, ropa de abrigo, linterna y todos los útiles para realizar las actividades que solían hacer en cada excursión.
Guillermo les contó a los niños que por el camino había un tesoro escondido, y les narró una historia que los dejó boquiabiertos.
Hacía mucho tiempo que, en esas tierras, vivía un hombre ermitaño y muy extraño al que le gustaba estar solo, y que se enfadaba muchísimo cuando alguien se dejaba caer por allí. Se rumoreaba que este personaje poseía una fealdad que asustaba, y una gran fortuna en monedas de oro que le quitó a un pirata en un viaje que hizo por mar.
Los niños iban abriendo los ojos a medida que avanzaba la historia de tal manera que casi les colgaban de las cuencas.
Darío fue el primero en reaccionar.
-Yo las quiero todas y me las voy a llevar a mi casa.
– De eso nada, es para todos –contestó Irene, que era la benjamina del grupo.
-Bueno, el que las encuentre se las queda- insistió Darío.
Y dicho y hecho, emprendieron camino y Darío fue el primero en encontrar una moneda. Toda la sierra se hacía eco del encuentro porque montó un jolgorio y una algarabía que ni en la mejor fiesta.
-¡Toma, toma, toma! -gritó Darío-. He encontrado tres monedas seguidas. Biennnnnn.
El resto de niños empezó a enfadarse, todos querían una, porque eran preciosas y todas destellaban luces de colores cuando les daba los rayos de sol. Era como tener el arco iris entre las manos.
Cuando llevaban un rato de camino se dieron cuenta de que pasaban cosas extrañas. Era como si las monedas tuvieran vida propia, parecían mágicas. Al principio no le dieron importancia porque pensaban que era de la emoción.
Así, moneda a moneda, llegaron al Área Recreativa donde iban a comer y realizar los juegos. Los niños mal comían para salir corriendo a jugar y los mayores empezaban con la preparación de la gymkana y, por supuesto, con la famosa sobremesa de cafelito, bizcocho y copita que no podía faltar en ninguna de sus escapadas.
De pronto, Carla empezó a hacerse nudos en el pelo. Se había dado cuenta de que faltaba Irene y, con la madurez de un adulto, les explicó a todos que se iban a encargar de encontrarla sin asustar a los mayores.
A Carla, después de la historia que les había contado su padre, le dio por pensar en cosas raras. Y al mismo tiempo decidió que había que afrontarlo y solucionarlo.
Con la cabaña y el puente que habían hecho para cruzar el rio, tenían para empezar a buscarla.
Lo primero que hicieron fue cruzar el río. Cogieron la barca, y como todos no entraban, añadieron unos tablones grandes que ataron a la embarcación. Al ir todos remando, enseguida llegaron a la parte donde los mayores les tenían prohibido acercarse.
Allí hicieron dos grupos y se organizaron para la búsqueda. Hicieron las distribuciones mapa en mano de manera que pudieran rastrear toda la zona.
Nombraron líderes de grupo, cada uno de los cuales estaba conectado con los otros por walkie en todo momento. En el grupo de Carla tiraron por la parte izquierda y en el grupo de Lucia tiraron por la derecha. Como era normal, los líderes eran los más mayores a pesar de las protestas de algunos.
Según iban avanzando, el viento se iba acelerando y empezó a ser desapacible, de tal manera que les hacía frenar la marcha. A lo lejos divisaron una choza un poco rara, con una pinta que tiraba para atrás. En la puerta había un burro con un montón de porquería, como si se hubiera bañado en una ciénaga.
Todos los alrededores estaban llenos de gusanos. Los chicos percibían cómo crujía el calzado al pasar por encima de ellos; y para colmo, el olor era insoportable, todos estaban a punto de vomitar del asco.
Carla los organizó y entre todos rodearon la choza. En ese momento hicieron una parada para pensar qué podían hacer.
De pronto, ante la mirada perpleja de Carla, uno de los niños desapareció. Y lo mismo hizo el más próximo a él. Y otro. Todos los niños empezaron a desaparecer, uno a uno, como si se los hubiera tragado la tierra.
Carla no paraba de hacerse nudos en el pelo.
Algo estaba pasando y no lograba saber qué era. Hasta que de pronto pensó en alto:
-Ya lo tengo, ya lo tengo -repitió-. Son las monedas, son mágicas. Claro, eso es, todos los que han desaparecido tenían monedas bailando en sus manos.
Para asegurarse, sacó una de sus monedas y empezó a jugar con ella. Pero por más que la tocaba, no conseguía ir al lugar donde iban a parar todos los demás. No entiendo-pensó-. ¿Cómo puede ser que estoy tocando la moneda y sigo aquí? Ainsssssssssssssss-, estaba a punto de arrancarse los pelos.
Cuando desapareció el último niño, cayó en la cuenta. Claro, ¿cómo no se le había ocurrido antes? Entendió que el truco estaba en hacer rodar la moneda por los dedos de una mano a otra. En cuanto lo hizo, desapareció igual que el resto.
Al momento apareció en un pasadizo muy oscuro, con olor a humedad y con muchos sonidos desagradables. Empezaba a tener mucho frio y estaba asustada. Menos mal que en la mochila llevaba ropa de abrigo y la linterna. Mientras se ponía su chaqueta favorita, a la que tenía mucho cariño porque se la había regalado su abuela, estaba observando el camino y pensando en qué podía hacer para llegar al lugar donde se encontraba el resto.
-¿Dónde estarán todos los demás? -se preguntaba.
Ya no le quedaba un solo pelo sin anudar, parecía que le colgara una ristra de chorizos de la cabellera.
Empezó a andar divagando, dándole vueltas a cómo podía solucionar el tema; y, de pronto, fue absorbida por una fuerza poderosa que la arrastró a través de un tubo y, como si estuviera en la lanzadera del Parque de Atracciones, salió disparada.
Cuando fue consciente de donde estaba y pudo abrir los ojos, vio algo a lo lejos que la dejó perpleja y que no se hubiera podido imaginar jamás.
Había acabado en la morada de unos duendes con un paisaje natural de una belleza sin límites. Era como si los duendes tuvieran un bosque particular, lleno de árboles y hasta una catarata preciosa que se divisaba al fondo.
Tenían un montón de maquinaria muy extraña que Carla no había visto en su vida. Se dedicaban a hacer herramientas con las que hacer más fácil la vida a los demás. Elaboraban desde un cortacésped hasta un aspirador. Todo ello con objeto de regalarlo a las familias más necesitadas.
A lo lejos vio a Darío, Marina, Lucia, Irene y al resto. Lo más sorprendente, iban acompañados de su perrito Lacasito, que había perdido en una excursión hacía más de dos meses.
El animal en cuanto la vio salió jadeante a su encuentro y le dio una de lametazos que no quedó una porción de su cuerpo sin humedecer. Carla no pudo evitar emocionarse porque a pesar de que estaba muy sentida con la pérdida, la tenía asumida y nunca se hubiera imaginado esta grata sorpresa. Se sentía muy feliz porque ahora sí que estaba la familia completa.
-¡Qué guapo estás, Lacasito!-¡Qué ganas tenía de verte!
Al animal, como si entendiera, se le escapó una lágrima por su ojo derecho, no cabía duda de que era de felicidad.
Los chicos enseguida la llamaron para que los acompañase a ayudar a los duendes en la fabricación de los objetos, y se lo pasaron genial.
Los duendes eran unos personajillos muy cariñosos. Les prepararon una fiesta de despedida. La verdad es que, en el poco rato que habían compartido, se habían cogido mucho cariño. Después de la celebración, los niños pensaron que era momento de volver al lado de los mayores para seguir los juegos que compartían y se despidieron de los duendecillos.
Antes de marcharse, les confirmaron que el personaje extraño no era una leyenda y que realmente existía. Luego les señalaron un agujero de la pared del que salía un pasadizo que iba directo a su apestosa choza.
Los duendes les explicaron que cada vez que necesitaban monedas iban allí y las cogían. Con ello conseguían comida, bebida y buenos materiales para construir todo lo que necesitaban para ayudar a las personas más humildes del pueblo.
Después de un rato muy agradable y divertido, los niños se despidieron. Iban radiantes de felicidad por todo lo descubierto.
Los duendecillos los dirigieron hacía una puerta en la que había una hendidura para poner la huella de la mano y desaparecer sin dejar rastro.
Como si no hubiera pasado nada, aparecieron de nuevo en el lago, al lado de la cabaña y puente que habían construido.
En ese momento Yaiza se asomó para llamarlos.
-Darío, Carla, llamad al resto, que vamos a empezar los juegos.
Carla estaba absorta y con la mirada perdida. Yaiza se quedó de piedra cuando vio a Lacasito.
-¿Qué ha pasado, Carla?-le preguntó.
-Nada, mamá, no ha pasado nada.

 

2017-11-09T12:09:52+00:00

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